martes, 6 de febrero de 2024

RELATO DE CIUDAD I




I

            El reloj marca el paso como un buen militar, compasado y rítmico, la tarde seguía la marcha con eficaz sincronía. Hay algo de sol entrando en la sala, tocando cada superficie que alcanza, en la casa todo está silencioso, tranquilo. Sin duda un momento del día que te invita a tomar un té mientras descansas en alguna terraza o sala de estar. A lo lejos, la música de una casa vecina, un recordatorio de que existe humanidad circundante, una humanidad que vive en sus propias casas, que también mira el reloj y la tarde mientras realizan su desfile. El vecindario está inusualmente tranquilo, cualquiera podría creer que tratan de esconderse de mí, es ridículo, pero apenas puedo pensar en una razón diferente para tanta calma. Los techos entre rojos y óxidos brillan. Las ramas de los pocos árboles se mueven quedamente sobre esos techos que logran alcanzar. No hay aves, ni gatos o perros callejeros paseando por ahí, tampoco bolsas de basura sobre la acera.

            Por fin, un cambio, el motor de un coche rompe el camino aparcando justo en la puerta, unos largos instantes pasan antes de escuchar el silencio de nuevo, el motor se calla y la puerta se abre y cierra. Suena otra canción, otro ritmo esta vez. La voz de un hombre entona una melodía de amor y ausencia, la misma que llega a herirme cada vez que bajo la guardia.

            Mi espada desenvainada en todo momento para que las lágrimas no me ganen en esta tarde, que por hermosa y veraniega me grita altanera, no hay nadie conmigo, nadie que me desee cerca, entonces una lágrima logra huir por mi mejilla. No la detengo, por alguna razón esa sola lágrima me da consuelo. Aún puedo sentir.





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