martes, 27 de febrero de 2024

RETO ESCRITURA MES DE FEBRERO

 Relato número dos...


            Los panes de la tienda de la esquina...



           Don Amador ha sido panadero desde que recuerda, aprendió de su tío y su abuelo cuando era muy joven para entender la vida. Han pasado muchos años, ha amasado, cernido, horneado todos los días, sin cambiar ni un minuto de su rutina. Don Amador es un hombre ya entrado en años de viejo, pinta canas grises en sus sienes con una prominente calvicie desde la frente hasta la coronilla. Es un hombre ya barrigudo, de sonrisa ligera y palabra amable. Don Amador no ha hecho otra cosa en su vida, nunca deseo hacer otra cosa hasta que un día una llamada cambió su rutina por completo. 

        Desde el otro lado del teléfono, la voz de su hermano le comunicó la muerte inesperada de su padre; era ya un hombre muy anciano, arrepentido por muchas de las decisiones que tomó en su vida, la más dolorosa fue la de entregárselo a su abuelo para que este lo cuidara cuando su madre murió. Era tan pequeño en ese entonces que no tuvo más opción, su cuñada podría atenderlo mientras era un bebe, debieron devolverlo al cumplir los siete años, pero su hermano y su esposa ya no pudieron separarse de él y él los quería como padres. Ahora ya adulto, sin más familia viva que su hermano, muchas cosas se removieron en su memoria.  

        ¿Qué hacer, asistir a ese funeral?, pero, ¿quién atendería la tienda? Su padre no lo abandonó por gusto o por falta de amor, simplemente fue un hombre de campo que no podía atenderlo de bebe, con el tiempo sus tíos y su abuelo eran la familia que conocía y no quería nada más que eso, eso y hornear pan como le enseñaron. En fin, si salía muy temprano y regresaba al atardecer, podría cerrar solo por un día. Si eso haría y sería todo. ¿Cuántas ideas se han formulado en su cabeza desde la llamada?, saludar a su hermano, asegurarle que no necesita nada de la vieja casa de campo, que es feliz con su panadería. Regresar pronto a lo que conoce mejor que nadie, su horno. Un abrazo fraternal sería todo y después nada más. 

        A las tres y treinta de la mañana tomó el viejo tren a Alajuela desde San José, un trayecto corto, de solo tres horas. Luego un taxi hasta Los Girasoles, la pequeña finca familiar ubicada en el Cerro Miravalles. Al llegar se encontró con la sorpresa de tener dos nietos de edad escolar, un sobrino en sus veintitantos, un hermano que pintaba barbas de viejo y cabello de plata. Su cuñada era de su edad, más o menos, algo regordeta, mal encarada pero amable. Enterraron a su padre al medio día, comieron algo ligero con un buen café de campo. Todo fue tranquilo, la conversación sobre las disposiciones del padre fueron plenamente aceptadas. Recibió el dinero que le dejó como un regalo que podría usar en comprar un horno nuevo y mejorar los aparadores de la panadería. Su hermano le agradeció que no peleara la tierra. 

            Don Amador regresó esa noche a San José, tomando el último tren a la capital. Al día siguiente una de sus clientas habituales le agradeció su regreso, nadie quería estar un día sin los panes de la tienda de la esquina, sus panes, su tienda, su vida.





lunes, 19 de febrero de 2024

SIN RASTRO

 

 


 

 

 Sin rastro

En algún lugar de San José, Costa Rica

       El oficial Rojas entró en la casa con su arma reglamentaria en mano, su compañero de apellido Zúñiga iba tras él, atentos a cualquier ruido o movimiento. 

        La vivienda fue levantada en una vieja urba, una de las primeras en el cantón. Eso fue cuando el gobierno se preocupaba por la gente, eran otros tiempos.  Era en general una casa sencilla, con dos ventanas frontales, una lateral y otra trasera. Construida a medias en madera y cemento, lucía en buenas condiciones, aunque era obvio que sus ocupantes vivían al día. Un pequeño gato pardo se acurrucó sobre el cuerpo, tendido a medias entre el suelo y un sofá de dos plazas color verbena aterciopelada. Su compañero, con tantos años más de experiencia, permanecía inmóvil unos pasos atrás. En cuanto pudo moverse, revisó rápidamente los dos pequeños dormitorios, ambos desordenados, el baño y la cocina eran visibles desde la sala. Atrás el pequeño patio mostraba la ropa tendida, una pileta enchapada y algo de césped mal cortado. 

       Los oficiales llamaron por sus radios, pidiendo, según su protocolo, al equipo de investigación forense del organismo de Investigación Judicial. Quince minutos después, dos camionetas oficiales aparcaban junto a la patrulla. El hombre de edad avanzada presentaba una herida abierta y muchos golpes, había luchado por su vida. Pronto el equipo de hombres blancos revisaban el lugar, recogían las evidencias y al fallecido que ya presentaba los espasmos del rigor. Testigos de la zona alertaron de un segundo cuerpo a pocas calles, un hombre de mediana edad se había desangrado mientras trataba de huir de la casa. Las pesquisas siempre incluyen testimonios de conocidos, rastros y cualquier evidencia útil, pero en este caso, apenas si había rastros que seguir.

    En algún lugar de Cartago

        Una casa de dos plantas, con pisos de terrazo y balcones en las habitaciones superiores, parecía normal desde afuera, en su interior dos hombres hablaban quedamente para no ser oídos. Las muertes de los dos intermediarios fueron inevitables, es lo que pasa cuando traficas con drogas y quieres apoderarte de todo. Pronto su cartel será el más temido del país, entonces nadie podrá detenerlos.

 

 

martes, 6 de febrero de 2024

RELATO DE CIUDAD I




I

            El reloj marca el paso como un buen militar, compasado y rítmico, la tarde seguía la marcha con eficaz sincronía. Hay algo de sol entrando en la sala, tocando cada superficie que alcanza, en la casa todo está silencioso, tranquilo. Sin duda un momento del día que te invita a tomar un té mientras descansas en alguna terraza o sala de estar. A lo lejos, la música de una casa vecina, un recordatorio de que existe humanidad circundante, una humanidad que vive en sus propias casas, que también mira el reloj y la tarde mientras realizan su desfile. El vecindario está inusualmente tranquilo, cualquiera podría creer que tratan de esconderse de mí, es ridículo, pero apenas puedo pensar en una razón diferente para tanta calma. Los techos entre rojos y óxidos brillan. Las ramas de los pocos árboles se mueven quedamente sobre esos techos que logran alcanzar. No hay aves, ni gatos o perros callejeros paseando por ahí, tampoco bolsas de basura sobre la acera.

            Por fin, un cambio, el motor de un coche rompe el camino aparcando justo en la puerta, unos largos instantes pasan antes de escuchar el silencio de nuevo, el motor se calla y la puerta se abre y cierra. Suena otra canción, otro ritmo esta vez. La voz de un hombre entona una melodía de amor y ausencia, la misma que llega a herirme cada vez que bajo la guardia.

            Mi espada desenvainada en todo momento para que las lágrimas no me ganen en esta tarde, que por hermosa y veraniega me grita altanera, no hay nadie conmigo, nadie que me desee cerca, entonces una lágrima logra huir por mi mejilla. No la detengo, por alguna razón esa sola lágrima me da consuelo. Aún puedo sentir.





ARMONIA DE COLOR EN LANA

 El Arte Textil como medio de expresión sensorial                Recientemente, me he encontrado cada vez más inclinada hacia el Arte Textil...